Polonus Populus

Exposiciones

Museo de Arte contemporáneo, Santiago, Chile, 2012

Galería Puntángeles, Valparaíso, curaduría Alberto Madrid, 2011

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Catálogo (Ing/Esp)
Publicación

Revista especializada Alzaprima Nº 5

¿La guerra o la paz?

Dagmara Wyskiel es una artista polaca que reside en Antofagasta hace unos diez años. En esa ciudad es de las artistas visibles, con proyectos de arte contemporáneo donde ha abordado diversas estrategias visuales, integrando usualmente a autores locales. Durante mayo de 2012 está con el proyecto “Polonus Populus” en el Museo de Arte Contemporáneo del Parque Forestal. Se trata de una intervención objetual en todo el hall del edificio, que intenta graficar –e interrogar– más de mil años de historia de su país, un ejercicio de memoria e identidad desbordado que invita al espectador a involucrarse corporal y reflexivamente desde su propio lugar.

La operación es aparentemente simple: se trata de una banda plástica transparente de unos 37 centímetros de alto y 300 metros de largo que lleva pintado cada uno de los mil años de historia, con rojo los que se vivieron en guerra y con blanco los vividos en paz. La línea está pensada a escala del cuerpo. Suspendida y a la altura del espectador, conforma un laberinto de curvas y pasadizos que se puede recorrer libremente. El sonido –igual envolente– es un susurro de la voz de la autora que en polaco verbaliza su pensamiento en un intento por recordar, elemento del video “Qué hago con tanta memoria”.

Comenzando la muestra el 3 de mayo, celebra el Día de la Constitución de Polonia. De 1791, fue la primera en implementarse Europa y la segunda en el mundo, “con una visión democrática absolutamente transgresora, innovadora”, dice la artista. También el título de la intervención parte con referencias a esta concepción de país, citando el modo con que Juan Pablo II se dirigía al pueblo polaco en sus cartas apostólicas: “Ad perpetuam rei memoriam - Polonus Populus”. La última frase, intenta traducir Wyskiel, significa literalmente “cosa popular polaca”, siendo la concepción de un país inclusivo, moderno, que evoca ciertos años de gloria.

Para repensar el territorio de origen desde miles de kilómetros de distancia, la autora optó por concentrarse en una situación que parece determinar el carácter de Polonia, un pueblo históricamente al borde, entre la guerra y la paz. Ubicado junto a la ex Unión Soviética, “no es oriente, ni occidente, pero tampoco centro. Con pésima ubicación geopolítica entre el orden alemán y el volumen ruso, que siempre se enfrentaban en mitad del camino. El pueblo más católico del mundo y el más conservador dentro de la Unión Europea. Resistente, a toda costa”, opina la autora.

El ejercicio –entonces– implicó definir los períodos en que se vivió en uno u otro estado. Sin embargo, ¿cómo lograrlo cuando se trata de un lugar “con constantes conflictos sociales, problemas de soberanía y gobiernos impuestos, sin que necesariamente haya derramamiento de sangre”?

El problema apuntó a interpretar, sintetizar y representar los procesos históricos, sociales, políticos y religiosos; a ocultar y desocultar a través de una simbología de orden subjetivo que no admitiera medias tintas. Pero hubo años complejos. La autora dialogó con otros polacos en busca de definiciones y no siempre las encontró. Por esto, en un juego pictórico de mancha y veladura, hay años que permanecen en un estado intermedio: son rojos bajo una capa de blanco.

“Se trató de encontrar una solución plástica para esos períodos de falta de soberanía, de gobiernos autoritarios, de reyes impuestos”, detalla. Períodos –como el siglo XIX– en que Polonia incluso perdió su independencia y desapareció del mapa, dividida entre tres países. “No obstante jamás dejó de resistir, de cultivar su identidad y de creer en la utopía de un pueblo”.

La intervención invita a sumergirnos en una mirada sobre la historia de Polonia como en un espacio trastocado. Recorrerlo, es asumir el juego comparativo entre los períodos de catástrofe y calma; es imaginar la historia. La intervención es también una experiencia de tiempo enrevesado. En la aparente linealidad hay una cronología plagada de dobleces, contracciones y lapsos paralelos. “La columna vertebral de la historia polaca es larga y quebrada en varios puntos. Con fragmentos enyesados y mal recuperados, con hernias en lugares vergonzosos, fracturas de memoria, prótesis religiosos, parches místicos y santo placebo en forma de esperanza”, dice Wyskiel. En el desplazamiento a través de la sala opera entonces “una historia que se devuelve, repite, cruza, borra y entrelaza”.

“Polonus populus” invita también a detenernos en la pintura, en esa especie de caligrafía zen, gestual y repetitiva, que va conformando los números que nos interceptan, nos conducen y desorientan en un laberinto donde cada año se vuelve –pese a la intensidad de acontecimientos– tan sólo un segundo. Releer la historia de la propia nación implicó una construcción pulsional donde lo que se arma no es necesariamente una historia sino un texto a descifrar, un mapa escritural o un territorio suspendido.

El ejercicio de la memoria resulta entonces una pregunta sobre la identidad. Una identidad que se desdibuja por la distancia así como los bordes del propio país y su historia. Una identidad desterritorializada que busca un cuerpo a través del gesto pictórico. Un “cuadro” desbordado en un infinito a recorrer que ya no es un país ni su historia ni tampoco pintura sino una experiencia repetitiva y meditativa para un otro, de este país, entregado al juego de interpretar los propios procesos de guerra y de paz.

Carolina Lara B.

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