Museo Ruinas de Huanchaca

EXPOSICIÓN

Museo Ruinas de Huanchaca

Antofagasta, Chile.
noviembre – abril 2023

"Al pasado solo puede detenérsele como una imagen que, en el instante en que se da a conocer, lanza una ráfaga de luz que nunca más se verá.”
Walter Benjamin

Pintar con números recuerda a un gesto serial que durante décadas llevó a cabo el pintor polaco, Roman Opałka. Año tras año, entre 1965 y poco antes de su muerte, ocurrida en 2011, Opałka empleó todo su tiempo en una única gran obra: pintar cifras consecutivas sobre tela, partiendo del uno al infinito. El desarrollo de esa obra serial recuerda la intensidad de un hábito cuya búsqueda estética convierte los números en testigos de una tensión interminable. El empleo de los números, en el caso del proyecto de Dagmara Wyskiel, nos expone, en cambio, a una serie de cifras que persiguen una valoración y cálculo muy definido: la razón estadística y palpable de la realidad nacional de Chile durante cada uno de sus 222 años de existencia. ¿De qué modo sus cifras rojas y blancas nos permiten “detener como una imagen” el pasado?

La instalación Ley reservada emplea dos elementos mínimos para representar la historia de la nación chilena. Por un lado, la sangre colorada y, por otro, todos los años transcurridos desde la fundación del país. Con la mezcla de ambos, la artista busca trazar un diagrama de intensidad en forma de cinta transparente suspendida en el acceso del Museo, así como también un dispositivo visual en la sala subterránea. En ambos casos, la serie de números que comienza en 1810 y se extienden hasta 2022 lucen pintados, unos en color blanco, otros en rojo. El registro de la violencia queda marcado en aquellos años en los que el derramamiento de sangre mancha el transcurso de la nación.

Tal como la sangre que bombea en nuestro corazón es sinónimo de vida, también la vemos como la portadora de una herencia que nos vincula a una familia, a un clan, a una nación. Compartimos la sangre con nuestros hermanos y hermanas, con nuestros antepasados. Contar la historia a partir de los hechos de sangre asociados a cada año nos lleva, sin embargo, a entender la historia como un mecanismo marcado por la violencia. Este ejercicio visual viene, en palabras de la propia artista, a “repensar la historia entendida no como un conjunto de acontecimientos, sino como un patrón de comportamientos violentos”. Sin la ingenuidad de un reclamo pacifista, la instalación de Dagmara Wyskiel, al pintar en rojo hace inmediatamente visible la estadística constitutiva de nuestra nación: la historia de Chile es la coagulación de esa sangre derramada. ¿Será que, paradójicamente, aquella fuerza que ciega la vida es la única que puede mantenernos juntos? La pregunta nos obliga a pensar en el origen de la nación y la delimitación de los poderes del Estado, especialmente en tiempos en los que se arguye la legitimidad del empleo “excepcional” de la fuerza militar en distintos lugares del territorio nacional… para preservar el orden de la ley.

El nombre de la exposición –Ley reservada– corresponde al decreto 1.530 emitido el año 1976 para “reservar” el 10% de los ingresos provenientes de Codelco para el financiamiento de las Fuerzas Armadas. Esa reserva gestionada en forma secreta mantiene al día el aparato militar en el Estado de Chile. El ejército sobrevive así gracias a la industria del cobre. La explotación del mineral enterrado en las montañas y desiertos permite el pago de las balas en los fusiles. Esa transfusión de recursos arma una cadena de fortalecimiento que forma la columna vertebral de la nación y sus tropas. Visto así, el cobre figura como la sangre de la tierra extraída para mantener con vida a la nación a través de una operación secreta.

Geopolíticamente, las tropas chilenas siguen la razón de ser de todo ejército: preservar la integridad territorial del país ante una potencial agresión enemiga. Esta defensa de las fronteras ayuda a la delimitación de un espacio para la convivencia en su interior. Pero, ¿qué ocurre al interior del territorio protegido cuando esas fuerzas se invierten? Las cifras en rojo de la instalación de Dagmara Wyskiel extienden entonces la pregunta al rol que juega la violencia armada en el curso del desarrollo de una nación. Incluso más: aquella violencia defensiva que protege la nación como un Estado libre, se torna a su vez en la violencia coercitiva que el propio Estado debe aplicar para conservar sus prerrogativas como garante de la nación. Esta tautología supone que el derecho y las leyes son, en esencia, determinantes en la distribución y aplicación “legítima” de la violencia. El teórico Achille Mbembe apunta: “Hacer morir o dejar vivir constituye, por tanto, los límites de la soberanía, sus principales atributos.” Es la esencia de la necropolítica.

Dagmara Wyskiel, nacida en Cracovia y afincada hace años en Antofagasta, ensaya entonces una forma de retrato nacional que entrelaza las consecuencias del poder militar mediante la función sostenedora de la violencia que ha levantado un país cuyo lema patrio no es otro que “Por la razón o la fuerza”. La paradoja de un lema así supone la aceptación de una fuerza cuya razón destructiva se convierte en la única alternativa para la construcción de un orden. ¿Qué clase de orden es ese? Aquel donde la violencia actúa como razón de ser. Volvamos a mirar, entonces. En el suelo, este dispositivo de conteo nos da una panorámica que abarca todos los años desde la independencia de la potencia colonial. Sabemos que la historia previa a 1810, también estaba teñida de rojo y que el porvenir tampoco augura una paz eterna. Si la nación chilena ofrece un alto porcentaje de sangre, no lo hace como signo de vida. Con toda certeza, no existe tampoco ninguna nación en el mundo que, siguiendo este diagrama de intensidad propuesto por Dagmara Wyskiel, pudiese mostrar sus años en blanco. Sin caer en el cinismo, la pregunta que, tal vez, debamos comenzar a pensar es aquella por un orden social como resultado de una razón diferente, una razón sin perspectivas aún. De momento, el silencioso repaso de estas cifras llama a la observación de una memoria que compartimos a través de nuestra sangre.